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Pediatría
LOS LÍMITES COMO CUESTIÓN URGENTE

En los últimos tiempos la clínica de las problemáticas escolares y de conducta sufrió un vuelco llamativo y notorio: alumnos que se acuchillan, madres que trompean docentes, niños que no toman siquiera en cuenta las indicaciones de los padres. Así como en el pasado reciente la inhibición y la represión eran las figuras centrales de la mano de una educación poco tolerante a las diferencias y a los cuestionamientos, vemos en los últimos tiempos un cambio fenomenal donde la falta de respeto al prójimo y las conductas desinhibidas y agresivas están a la orden del día.
Desde las ciencias sociales y la filosofía contemporánea estos cambios están claramente definidos en relación con la llamada “caída de las grandes narrativas”, o como se plantea en el psicoanálisis como “caída de la figura del padre”.
Por “grandes narrativas” nos referimos básicamente a las ideologías políticas y a las religiones monoteístas. Tanto las primeras como las segundas se encuentran en una profunda crisis de reconocimiento social, se descree de sus principios éticos y morales, de sus instituciones, tanto de sus proyectos como de sus líderes.
Si a fines del siglo XIX y principios del XX, Dios y la religión eran cuestionados, y nuevas ideas tomaban el relevo, hoy día este cuestionamiento se mantiene, pero con el agregado de que dicho discurso cuestionador es a su vez severamente cuestionado. Así no hay para el sujeto de principios del siglo XXI ninguna ideología o religión, ninguna institución, autoridad moral ni ética desde donde sostenerse, apoyarse, alojarse.
Ninguna ideología ni partido político es creíble, ninguna institución religiosa es intocable e intachable y, en consecuencia, todo tiende a ser visto como relativo.
El médico es cuestionado, el maestro es cuestionado, el sacerdote es cuestionado, la autoridad es denostada.
La figura del médico soberbio y omnipotente, del docente respetado más por temor que por reconocimiento y admiración, y la del sacerdote autoritario con moralinas de dudoso valor, ya no existen. Y no lo lamentamos. Un saludable baño de democratización envuelve las relaciones sociales actuales. No todo tiempo pasado fue mejor, pero eso no implica que los tiempos actuales sean un conjunto de maravillosas situaciones. El problema se suscita en que no sólo cae el médico intocable y el docente autoritario, sino que cae todo signo de autoridad bajo la dudosa equivalencia de “autoridad = represión y violencia”.
Esta falsa ecuación lleva a que nos encontremos con una profunda crisis del sistema normativo sostenida por dichas autoridades.
Si se tratara sólo de cuestionar al médico, al docente o a los gobernantes, quizás el problema estaría acotado, pero el cuestionamiento llega inexorablemente a la figura de los padres.
Su palabra pierde validez, su sistema de valores y normas es violado en forma constante. Pero no es una rebeldía en función de un ideal determinado, sino que se produce un cuestionamiento por el cuestionamiento mismo. Una rebelión hueca.
Y se suscitan situaciones tanto hogareñas como escolares donde es evidente que la falta de límites ocupa un lugar central.
Los padres se saben cuestionados y sienten culpa por poner límites como si todo límite implicaría violencia, dándose la paradoja de que la violencia aparece más frecuentemente por la falta de normas claras y respetadas, que cuando éstas se hallan presentes.
Nuestra sociedad, hedonista hasta el hartazgo, tiene a su vez una tendencia a manejarse con un único ideal, el placer. Y los padres muchas veces no quieren privarles a sus hijos de ese ideal y la frustración se transforma en algo que debe ser evitado a toda costa, como si el llanto o una angustia acotada fuera una mala palabra.
Así escuchamos constantemente que tal niño tiene una “baja tolerancia a la frustración”. ¿Estamos seguros de que es el niño el que tiene esa baja tolerancia o es la sociedad en su conjunto que no puede darse nunca un compás de espera?
No se puede esperar.
Daremos un pequeño ejemplo de los modos de la publicidad bancaria: En tiempos pasados la publicidad era de una cultura del ahorro a través, por ejemplo, de “la libreta de ahorro postal”, hoy día la publicidad hace lo contrario, publicita no el ahorro, sino que la gente tome deuda mediante “préstamos personales” para tener ahora y no esperar el mañana tener el producto que nos lleva a colmar la falta, arribar a la supuesta felicidad. Con el agregado de que se describe al que espera, no sólo al que ahorra, como una suerte de idiota iluso.
La inversión es notoria, antes ahorrar (y esperar) para tener, ahora endeudarse ya para tener ya. Del futuro….Dios dirá.
No es sorprendente que los niños y jóvenes hoy día tengan una creciente intolerancia, no a la frustración, sino a la espera y a los procesos, como son necesariamente el estudio y la lectura: los frutos de estas actividades no son instantáneos como el zapping, o la inmediatez de respuesta del joystick de la Playstation: deberá esperar para cosechar.
El único camino posible es un sistema de valores y de normas que permita regular la relación entre los sujetos en beneficio de todos y que pueda ser cuestionado, criticado, cambiado y modificado, al mismo tiempo que respetado.
Que esperar sea un valor, que los procesos valgan la pena. Que una conducta tiene consecuencias. Que el dolor y la angustia que generan una frustración no son una mala consejera: si se encuentran en niveles tolerables, son una buena guía para resolver situaciones. La evitación del dolor y de la angustia no lleva a ningún buen puerto, sino a una confusión gigantesca.

 
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